Martín Díaz / La Nube
José Ramón Gómez Leal y Maki Ortiz son tal para cual. Se presentan como renovadores, como políticos con nuevas ideas, pero en realidad son los mismos de siempre, los que han aprendido a moverse entre partidos con la destreza de un comerciante que cambia de mercancía según la temporada. Hoy se visten de guinda, mañana de verde y, si hace falta, pasado mañana de azul otra vez. Porque para ellos no hay convicciones, solo oportunidades.
La reciente negativa del Senado para aprobar la ley contra el nepotismo es solo una muestra más de lo podrido que está el sistema, y en Tamaulipas, JR y Maki son ejemplos vivos de ello. Han usado los partidos como escalones, los han exprimido y, cuando dejan de ser útiles, los abandonan sin el menor pudor. ¿Lealtad? Eso no existe en su manual. Solo el poder y el dinero.
Pero no es solo la traición lo que los define. Es también el poder económico que han amasado desde los distintos cargos que han ocupado, dinero que les ha servido para corromper a los mismos partidos que los cobijaron. Porque no es que lleguen a un partido y se adapten a sus principios. No. Ellos llegan, lo usan y lo deforman hasta convertirlo en un vehículo más de su ambición.
JR, con su sonrisa de vendedor de promesas, ya se prepara para su siguiente salto. Sus eventos han dejado de ser guinda y ahora los viste de verde. No es casualidad. El cambio de color es el aviso de su próximo movimiento, de su enésima traición. Maki, mientras tanto, sigue su misma ruta, porque ambos han aprendido que el poder no está en las siglas sino en saber cuándo cambiar de bando. Son camaleones políticos, sobrevivientes de la vieja escuela del oportunismo.
El problema no es solo que existan, sino que la gente les siga abriendo la puerta. Mientras Tamaulipas siga permitiendo que estos personajes reciclen su discurso y se reinventen en cada elección, seguirán enriqueciéndose a costa del erario y asegurando su permanencia en el juego. No representan una ideología ni un proyecto de gobierno, representan la política como negocio, como botín personal.
Y así seguirán, vendiendo promesas que jamás cumplen, cambiando de camiseta según les convenga y dejando a su paso partidos corrompidos y ciudadanos desilusionados. Hasta que la gente decida ponerles un alto, hasta que se les cierre la puerta, hasta que la sociedad despierte y los mande al basurero de la historia donde pertenecen.