Ardía Altamira, pero el alcalde no lo notó. No tenía tiempo para esas nimiedades. Entre un brindis y otro, entre aplausos y reflectores, él vivía en su Altamira ideal: una ciudad de globos aerostáticos, conciertos y fuegos artificiales… aunque los únicos fuegos reales eran los que los bomberos no podían apagar.
Porque aquí, el dinero alcanza para todo… menos para lo importante. Para las fiestas, millones; para los bomberos, lástima. Y mientras los héroes de Protección Civil combatían con equipo raído y mangueras secas, el señor alcalde se tomaba otra foto, seguro de que gobernar no es servir, sino entretener.
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