Por Oscar Díaz Salazar
En las frecuentes entradas y salidas para retirar lo que se dañó y traer lo necesario, saludo a los vecinos que perdieron todas sus pertenencias, pero agradecen por estar vivos y sanos, al igual que sus familias.
Aunque estamos igual de amolados unos y otros, el ofrecimiento de ayuda se repite en las breves conversaciones que sostenemos los desaliñados y enlodados habitantes de mi barrio.
Me conmovió platicar con un vecino y amigo que es muy crítico con las autoridades, lo ha sido como simple ciudadano, y lo fue cuando estuvo en el servicio público.
Decía mi vecino Diego que entre tanta rabia, impotencia, tristeza, miedo, decepción y encabronamiento, el prefiere quedarse con el apoyo y solidaridad de los familiares y amigos que se acercaron a ayudarle para el regreso a la normalidad.
Con un nudo en la garganta me decía que traía la sensibilidad al máximo, la piel chinita, por tantas muestras de afecto y solidaridad que ha recibido de los suyos.
También en esta ocasión la respuesta institucional se quedó corta frente a las necesidades, y ante la respuesta solidaria de los reynosenses.
Gracias a los que nos ayudan para el regreso a la normalidad.
Desde luego que tenemos que socializar esta tragedia, porque no se puede perder todo (lo material) cada dos o tres años.
Nuestra ciudad no puede ni debe permitir que una parte importante de su población, arriesgue sus vidas y pierda sus pertenencias cada año.